La pasarela ya pasó: ahora la verdad está en los percheros

Moda Por Javier Arroyuelo (LN)
La moda tal como la conocemos y practicamos es un producto de la modernidad. En su primer siglo, fue un espejo inmediato de las aspiraciones, prejuicios, ansiedades y placeres de los estratos altos y medios de la sociedad.
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La moda tal como la conocemos y practicamos es un producto de la modernidad. Ocupa un capítulo breve pero intenso de la historia de la indumentaria, poco más de dos siglos, a partir de finales del XVIII, cuando los cambios radicales provocados por la irrupción de la industria, fenómeno transformador, se hicieron sentir con fuerza en los modos de producción y uso de prendas de vestir. En su primer siglo, fue un espejo inmediato de las aspiraciones, prejuicios, ansiedades y placeres de los estratos altos y medios de la sociedad.

Luego, los recursos comerciales de la moda de las élites –cambios drásticos de silueta, de paleta y de materias, multiplicación de las funciones de las prendas según las ocasiones– se extendieron, con menor minuciosidad, a la producción masiva, que crecía a la cadencia de la divulgación a todos los niveles del consumo como rito social.

Las marcas devenidas fetiches fueron en sus inicios empresas pequeñas, creadas en torno a sencillas boutiques con taller, por modistas y modistos portadores del apellido, en sociedad con familiares o/ y gente amiga, acorde al modelo de negocios del mundo textil. El esquema perduró hasta tiempos recientes y es válido aún para una maison como Chanel, propiedad desde su fundación de la familia Wertheimer, adepta del bajo perfil. Se trata de una excepción notable: en las últimas tres décadas una mayoría de marcas de prestigio ha sido aspirada por alguna del puñado de mega-corporaciones que dominan el mercado.

Toda decisión recae en los usuales ejecutivos cuya indiferencia a las sutilezas estéticas puede verse tanto en los tediosos trajes que ellos mismos llevan como en los desaciertos que desfilan con impunidad en las colecciones que financian, volcadas a la casi unanimidad a trabajar la ostentación, la espectacularidad, sin conexión con la realidad, sin tener en cuenta el entendimiento físico entre la prenda y el cuerpo ni la realidad de las personas y sus contextos. Con cada nueva temporada se hace más evidente la irrelevancia de la moda propuesta en las pasarelas de la haute couture y del prêt-à-porter de luxe. Es de hecho solo una monumental operación publicitaria, repetida seis veces al año (hay excepciones, por supuesto, y esta página las registra, agradecida).

Nadie usa tales disparates, salvo divas y stars sin nada que perder y lo hacen solo en las noches de gala. Para evaluar la influencia, el peso y el valor reales de las grandes casas es necesario revisar los catálogos de modelos en venta en sus boutiques internacionales.

Allí está la verdad del negocio, en la sobre representación de carteras, zapatos (los de noche o las sandalias de taco, alrededor de 1000 euros) y gran variedad de sneakers con el logo en evidencia. En cuanto a la ropa, el repertorio habitual del sporty chic, faldas tableadas, suéteres de jacquard, rompevientos, jeans, en los que los temas de la pasarela se diluyen en alusiones de estampados o en la paleta de colores, calidad de las materias y detalles decorativos, mientras las audacias que en los shows desatan los flashes aquí en los maniquíes y percheros aparecen bajadas a producto, en colores que complacerán a la tía Inés.

Los informes de las pasarelas son una forma bastarda de periodismo. Es sobre el stock de las tiendas, o el sector shopping de los sitios web, que la prensa debe informar y el desglose de las ventas por producto que debe revelar. Una gran dosis de realidad es lo que se necesita.

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