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Celular: ¿rutina o adicción?

Nos permite trabajar, socializar, entretenernos y hasta meditar. Sin embargo, el uso excesivo se está convirtiendo en un problema. ¿Cómo mitigar los efectos? Es el nuevo trastorno del siglo XXI. Analizamos el fenómeno.

Tecnología Silvina Ocampo
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"Mamá, te estoy hablando y estás mirando tu celular!” La frase en boca de una pequeña de 10 años descoloca a su madre, quien rápidamente arroja el teléfono y comienza a justificarse. “Estaba trabajando”, dice con razón, pero también con culpa. Y más allá de la anécdota, lo cierto es que ese aparatito tiene cada vez más poder sobre los que lo utilizan. Sus usos son tantos y tan diversos que la sensación es que nadie puede vivir sin ellos. ¿Te pasó de tener que regresar a tu casa porque lo habías dejado enchufado? ¿Cuántas otras te pusiste en riesgo al caminar por la calle mirando la pantalla? Finalmente, ¿te quedaste dormida con él en la mano y te golpeó con fuerza la cara? Es así, los smartphones son cada vez más imprescindibles y según el grado de dependencia los especialistas ya hablan de relación tóxica y hasta de adicción.

CONDUCTA GENERALIZADA

La problemática ya fue bautizada de varias maneras. Nomofobia: aquellos que experimentan un miedo irracional a permanecer sin el móvil o sin acceso a internet. Lo que la madre del comienzo de la nota le hacía a su hija, y el 99,9 por ciento de las personas nos hacemos entre nosotros, se denomina phubbing: la conjunción de las palabras phone y snubbing (desprecio o desaire). Es decir, ignorar a quien tenemos enfrente con tal de seguir mirando el teléfono.

“A todos nos ha pasado: estar de uno y otro lado del phubbing”, explica Sebastián Bortnik, especialista en tecnología y seguridad informática, y autor del libro Guía para la crianza en un mundo digital (Siglo XXI). Y continúa: “Es algo que me intranquiliza bastante, porque considero que lo hago seguido: estar hablando con alguien y a la vez mirar el celular. Es una conducta horrible que la repetimos y a veces no nos damos cuenta. Hasta incluso naturalizamos que otros nos lo hagan. No puedo terminar de hablar con la persona que tengo adelante antes de mirar la pantalla. Es otra manifestación de la dependencia que tenemos”.

Y esta, junto con otras patologías generadas por el uso compulsivo de lo tecnológico, es lo que se atiende dentro del centro de tratamiento ReConectarse. Su fundadora, la psicóloga Laura Jurkowski, apunta: “En el último tiempo creció mucho el número de consultas y te diría que lo que más estamos viendo son padres preocupados por sus hijos de 15 a 18 años”.

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DEPENDENCIA EXTREMA

Definitivamente, se han convertido en herramientas que nos facilitan la vida. En momentos en los que el tiempo es un bien tan preciado, nos posibilitan administrarlo mejor. “Más allá de las increíbles ventajas que nos puede dar la tecnología, existe un lado B que tiene que ver con la dependencia -asegura Jurkowski-. El dejar de utilizar otros recursos, no entrenarse en habilidades alternativas y no saber cómo manejarse si por algún motivo no podemos usar el smartphone. En algunas personas, provoca ansiedades y miedos, sobre todo entre quienes mostraron dificultades en aceptar los límites.”

Cuántas veces queremos decir nuestro número y no lo recordamos, cuántas otras queremos ir a una dirección nueva y no se nos ocurre cómo sin recurrir al Google Maps, con qué frecuencia “gugleamos” datos que deberíamos saber y no los encontramos en nuestra memoria… de eso se trata entrenar habilidades alternativas. “El teléfono se ha vuelto una extensión de nuestro cuerpo y como tal se ha transformado en una necesidad”, dictamina la psicóloga Adriana Barbante, y puntualiza: “En cierto modo, creo que la cultura nos obliga a depender del dispositivo. En la medida en que deja de ser una herramienta que puedo elegir o no y pasa a ser algo de lo que no puedo escapar, aquí es donde tenemos que prestar atención”.

Y, definitivamente, esa es la gran pregunta que nos tenemos que responder, el desafío que hay que afrontar como sociedad: cuándo es un instrumento y cuándo es una necesidad de la cual no podemos prescindir. “La evidencia empieza a apuntar poco a poco a que somos más dependientes de lo que creemos”, revela Sebastián Bortnik, que además es fundador y expresidente de la ONG Argentina Cibersegura. “Por ser un tema joven, a veces la falta de estudios o investigaciones científicas provoca que nos quedemos con nuestras sensaciones o con lo que nos gustaría creer, pero aparecen datos que marcan que somos dependientes, que hay correlación con conductas adictivas. En mi camino como divulgador, hablando mucho con médicos que trabajan en campo y hospitales especializados en adicciones, me dicen que lo que estamos viendo es preocupante.”

Por otra parte, y sosteniendo la hipótesis del lado B del celular, la fundadora de ReConectarse analiza la paradoja del tiempo. “Si bien las pantallas nos permiten hacer las cosas más rápido, muchas veces ese espacio ganado no es dedicado a otras actividades, como encontrarse cara a cara con amigos y familiares, sino simplemente a seguir mirando y consumiendo contenidos vacíos. Esos minutos ahorrados, lamentablemente no se vuelcan en momentos que enriquezcan la vida de las personas”.

¿ES UNA ADICCIÓN?

Claro que llegar a una categorización tan determinante de si es o no una adicción no es sencilla y lleva tiempo. En principio, y según los expertos, no lo es: “Entiendo que no cumple con los criterios necesarios para considerarla como tal, lo que no descarta que en una personalidad con características especiales, su uso excesivo se vuelva problemático”, fundamenta Barbante. Y es Bortnik quien completa: “Más allá de las discusiones semánticas de si es dependencia, si es relación tóxica o adictiva, lo que nos tiene que importar es cómo podemos mejorar nuestra relación con el teléfono, que a veces, nos consta, es poco sana”.

Y la manera de darnos cuenta de si mantenemos o no una relación enfermiza es sincerarnos: ¿nos cambia el humor cuando no lo tenemos? Cuando estamos inmersos en sus aplicaciones, ¿se nos pasa el tiempo y eso nos impide hacer otras actividades? ¿Pensamos que si no lo revisamos nos estamos perdiendo algo? Si tu respuesta es sí, es tiempo de ocuparte de esta situación.

“Las terapias se ajustan a las necesidades del paciente -explican desde ReConectarse-. En general, quien presenta la patología no tiene registro del problema, por lo tanto es traído por algún familiar o amigo que nota la dificultad. Además de orientarlos para que sepan cómo ayudar, se trabaja con el paciente para que empiece a tomar nota de lo que le sucede. Lo guiamos a que vea las repercusiones que puede tener esto en su vida y a futuro. Se busca encontrar alguna motivación para hacer el cambio, se estimula la reorganización de su empleo y se fomenta que intenten dejarlo de lado cuando se realiza otra actividad. También tratamos de entender qué fue lo que causó que la persona caiga en este uso compulsivo. Cuál es el conflicto subyacente para encontrar en el celular una forma de escape. Muchas veces les permite llenar vacíos. Pueden ser inseguridades, dificultades para relacionarse, ansiedades y hasta depresiones. Juntos barajamos modos más sanos y adaptativos.”

UN PROBLEMA DE GRANDES Y DE CHICOS

No es sencillo segmentar a quién afecta más la nomofobia. “Probablemente, los nativos digitales tengan naturalizado su uso, mientras que los más longevos, todavía mantengamos ese factor de asombro, que aparece en relación con todo lo que uno puede llegar a hacer con el teléfono… pero he visto pacientes grandes y chicos que manfiestan trastornos a la hora de hacer un empleo abusivo de las tecnologías”, asegura Adriana Barbante. Sebastián Bortnik tiene otra mirada: “Me da la sensación de que en general cuanto más jóvenes, más dependientes, porque es algo que incorporaron desde muy pequeños”.

En el grupo etario adolescente, lo que más se ve desde ReConectarse es un uso compulsivo de los juegos online. También, aplicaciones como Tik Tok e Instagram. Entre la gente más grande, se destacan Facebook, Twitter y apps de citas y apuestas.

Para Mateo, de 17, el celular es casi una extensión de su mano. Es más, sus padres lo cargan diciéndole que casi no le conocen la cara, ya que siempre está mirando hacia abajo. “No creo ser un adicto; ahora, si me preguntás por las pantallas, ahí debo decir que sí. Ojo, puedo estar todo un día sin tecnología, me ha sucedido, porque mis padres me impusieron alguna penitencia. Y lo he superado; solo sentí que el día transcurría más lento y me aburría”, explica justamente por chat. Ante la pregunta sobre qué es lo que más le gusta hacer, cuenta: “Hay una app que se llama Discord, que nos permite hablar y jugar. Podemos ser hasta 100, pero en general no somos más de 8 o 10 amigos. También nos entretenemos con Counter Strike”.

¡Atenti!, no siempre usar mucho el teléfono implica una dificultad que deba quitarnos el sueño. Así lo explica Bortnik: “Aunque debemos ocuparnos de la dependencia, también sé que es utópico negarla. Se trata de que existan límites sanos, controlables y que no afecten aspectos importantes de la vida”.

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